Académico

El primer “no tocar” al que la arquitectura debe desobedecer es el del aula cómoda.

Ese espacio donde, bajo la promesa de formar pensamiento crítico, muchas veces se domestica la sensibilidad, se enseña el miedo al error y se repite lo que ya no conmueve a nadie. El aula cómoda, ese territorio que debería ser laboratorio, riesgo y juego, se ha vuelto, con frecuencia, una vitrina de ideas perfectas y cuerpos ausentes.

Nos enseñaron a mirar maquetas sin tocarlas, a hablar de la materia sin sentirla, a pensar la arquitectura como una operación mental, limpia, precisa, pero distante de la materia. Y en esa pulcritud, perdimos la emoción.

El aprendizaje dejó de oler a madera, a yeso, a tierra. El conocimiento dejó de tener tiempo y temperatura. Por eso, el Componente Académico nace como un acto radical de aprender tocando. Rechazar la pedagogía que separa al estudiante del mundo y volver al contacto con lo real. No como nostalgia artesanal, sino como urgencia ética y humana.

Este componente se despliega a través de charlas magistrales, conversatorios y talleres, pero no como formatos aislados ni como acumulación de contenidos, sino como espacios que giran, insisten y regresan una y otra vez a esta misma pregunta esencial: cómo se aprende cuando el cuerpo vuelve a estar presente.

Frente a esa forma de enseñar, el Componente Académico de la bienal no se limita a enunciar contenidos ni a acumular formatos. Charlas magistrales, conversatorios y talleres existen, y son necesarios, pero aquí no funcionan como dispositivos aislados, sino como extensiones de una misma pedagogía, aprender tocando, aprender desde el cuerpo, aprender desde la experiencia.

Por eso, este componente no podía habitar únicamente salas cerradas ni reproducir la lógica frontal del aula que se cuestiona. Necesitaba espacio, materia, ciudad. Necesitaba arquitectura. De ahí que el Concurso Internacional de Pabellones Lúdico-Educativos sea el corazón de esta bienal y su acto más visible de resistencia. No como un evento paralelo, sino como el soporte físico y conceptual desde el cual se activa todo el Componente Académico.

Porque tocar es un modo de pensar. Tocar es hacerse responsable. Tocar es aprender con el cuerpo, pero también con el alma. Tocar es desobedecer la distancia que vuelve a la arquitectura fría, estéril, prescindible.

Esta bienal no cree en la enseñanza que ilumina desde arriba, sino en la que enciende desde adentro.

Y por eso, su mayor gesto académico será una invitación radical: prohibido no tocar para aprender.

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